El origen de Montecillo se encuentra en Fuenmayor, uno de los pueblos de mayor tradición vitícola de la Rioja Alta. Rodeado de viñas y muy cerca del río Ebro, el entorno está enmarcado por altozanos y, más allá, por la distintiva mole rocosa de la Sierra de Cantabria. “El Montecillo” es el bello paraje que hace muchos años dio nombre a nuestra bodega y que hoy simboliza una vocación y un carácter: en la viña está el origen y el fundamento de lo que somos. Todo esto está en los genes de la tercera bodega más antigua de Rioja: Bodegas Montecillo.
Rigurosamente seleccionadas ya desde la cepa, las uvas de la variedad Tempranillo mayoritariamente, entran en bodega para iniciar una nueva añada. Todas las variedades reúnen características de madurez, acidez y sabor que las hacen excepcionales para, con el paso del tiempo, conseguir vinos de larga guarda, uno de los grandes iconos históricos de Montecillo.
Los procesos de vinificación y crianza están dotados de los sistemas más actuales. Uno de los hitos en la historia reciente de la bodega fue la incorporación en 2005 de depósitos Ganimede®, que proporcionan una extracción delicada, selectiva y eficaz de los componentes aromáticos del vino en grandes elaboraciones.
Más de 140 años después Bodegas Montecillo mantiene una sólida filosofía de respeto al viñedo, de selección de la mejor uva, de una vinificación coherente, de un envejecimiento en barricas de roble de alta calidad y de un afinado en el sosiego de los calados subterráneos, donde se guardan botellas de añadas que se remontan a 1926, el mismo año de creación de la D.O.Ca. Rioja.
Montecillo conserva una vinculación de décadas con cientos de viticultores de la zona. Esta forma de colaborar nos permite disponer añada tras añada de las mejores uvas procedente de más de 800 parcelas extendidas por la Rioja Alta mayoritariamente.
Otro aspecto decisivo es la renovación constante del parque de barricas, el cual dispone actualmente de más de 20.000 barricas bordelesas de roble francés y americano. En el profundo interior de la bodega, rodeados de oscuridad, calma y misterio, los vinos de Montecillo se guardan y se hacen grandes. Evolucionan lentamente dentro de cientos de miles de botellas apiladas cuidadosamente, a mano, una sobre otra, hilera a hilera.
Con tanta precisión y firmeza que podrían sostener sin esfuerzo ni daño los pasos de una pareja de bailarines.